PRÓLOGO
La pregunta que puede cambiar la forma en que te ves a ti mismo
¿Qué ocurre cuando sabes que algo te perjudica y, aun así, vuelves a hacerlo?
No es una pregunta cómoda.
Puede tratarse de comida que buscas sin tener hambre, de una compra que no necesitabas o de una persona a la que prometiste no volver a escribir. También puede aparecer en situaciones más graves: consumo de alcohol u otras sustancias, juego problemático, conductas compulsivas o relaciones de las que resulta extraordinariamente difícil alejarse.
Las circunstancias cambian. La intensidad y las consecuencias también. Sin embargo, detrás de muchas de estas experiencias existe una contradicción profundamente humana: querer detener una conducta y descubrir que querer no siempre basta.
Durante mucho tiempo hemos explicado esa contradicción con palabras sencillas:
Falta de voluntad.
Debilidad.
Indisciplina.
Fracaso.
Son explicaciones intuitivas. Cuando observamos a alguien repetir una conducta perjudicial, parece lógico pensar que no desea cambiar lo suficiente. Y cuando somos nosotros quienes volvemos a hacerlo, la conclusión puede resultar todavía más dura: si ya conocemos las consecuencias y hemos prometido detenernos, el problema debe de estar en nuestra forma de ser.
Pero una conducta repetida no nace de una sola causa.
En ella pueden intervenir el aprendizaje, las expectativas, el alivio, el estrés, el contexto, las relaciones, las experiencias anteriores y mecanismos que, mediante la repetición, adquieren cierto grado de automatismo.
Esto no elimina nuestra capacidad de decidir. Tampoco borra nuestra responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos.
Lo que hace es cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente:
«¿Por qué no puedo controlarme?»
podemos empezar a preguntar:
«¿Qué está manteniendo esta conducta?»
La diferencia parece pequeña, pero abre un camino completamente distinto.
La primera pregunta dirige la atención hacia un supuesto defecto personal. La segunda obliga a observar el proceso. Nos invita a investigar qué ocurre antes, qué esperamos obtener, qué sentimos después y bajo qué condiciones resulta más probable que volvamos a responder de la misma manera.
Un impulso no es una orden.
Es una experiencia que puede surgir con enorme intensidad y empujarnos hacia una respuesta conocida. Puede durar poco o regresar varias veces. En algunas situaciones forma parte de una experiencia cotidiana; en otras, puede estar relacionado con un problema que requiere atención profesional.
Comprenderlo no significa justificarlo.
Significa dejar de tratar fenómenos complejos como si fueran simples defectos de carácter.
La explicación fácil
Cuando una conducta nos desconcierta, buscamos una explicación clara. Queremos encontrar la pieza responsable y colocarla en el centro del problema.
A veces esa pieza recibe el nombre de dopamina.
Otras veces hablamos de falta de autoestima, dependencia emocional, estrés, trauma, apego, hábitos o escasa disciplina. Cada palabra puede describir una parte de lo que ocurre, pero ninguna explica por sí sola una conducta humana completa.
La dopamina, por ejemplo, participa en procesos relacionados con el aprendizaje, la motivación y la recompensa. Sin embargo, reducir el deseo a una sola sustancia sería atractivo y fácil de recordar, pero científicamente incorrecto.
Lo mismo sucede con el estrés. Puede modificar nuestra atención, nuestras prioridades y nuestra capacidad para valorar alternativas, pero no convierte a todas las personas en seres incapaces de decidir.
También ocurre con los hábitos. Una conducta automática puede aparecer con poca deliberación consciente, pero eso no significa que sea imposible modificarla.
El comportamiento humano surge de sistemas que interactúan entre sí. También depende de una historia personal que continúa cambiando con cada experiencia.
Por eso, cuando alguien pregunta por qué vuelve a hacer algo que le perjudica, rara vez existe una respuesta de una sola palabra.
Puede buscar una recompensa.
Puede estar intentando aliviar un malestar.
Tal vez aprendió a responder de esa manera en una situación concreta y la respuesta terminó extendiéndose a otras.
Quizá actúa bajo cansancio, presión o miedo.
También es posible que recuerde con claridad el alivio inmediato y reste importancia al coste que apareció después.
Varias de estas posibilidades pueden estar presentes al mismo tiempo.
El objetivo de este libro no será elegir una explicación favorita y utilizarla para interpretarlo todo. Será aprender a distinguir procesos.
Cuanto mejor comprendamos las diferencias, menos necesitaremos recurrir a frases como «soy así», «no tengo remedio» o «debería poder controlarme».
El espacio entre sentir y actuar
Este libro no promete eliminar los impulsos.
Los impulsos forman parte de la vida. Nos permiten responder con rapidez, acercarnos a oportunidades, evitar peligros y actuar sin analizar conscientemente cada paso.
El problema no es sentirlos. Aparece cuando una respuesta concreta empieza a imponerse sobre las demás, incluso cuando produce consecuencias que no deseamos.
La cuestión importante es qué relación establecemos con el impulso y cuánto espacio existe entre sentirlo y actuar.
Ese espacio puede parecer insignificante.
En ocasiones dura unos segundos: el tiempo necesario para reconocer lo que está ocurriendo antes de responder.
Otras veces consiste en modificar una condición del entorno, pedir apoyo, alejar una señal, recuperar una rutina o esperar hasta encontrarnos en mejores condiciones para decidir.
Ninguna de estas acciones garantiza por sí sola una transformación profunda. No existe un gesto capaz de resolver todos los problemas. Pero pequeñas modificaciones pueden formar parte de un aprendizaje más importante: dejar de responder siempre de la misma manera.
Cambiar no suele ser espectacular.
Normalmente implica práctica, contexto, errores, repeticiones y ajustes. Hay periodos de avance y momentos en los que una respuesta antigua vuelve a aparecer.
Comprender esto ayuda a abandonar dos extremos igualmente engañosos.
El primero consiste en creer que estamos condenados a repetir lo aprendido.
El segundo, en pensar que basta con desear intensamente una transformación para conseguirla.
Entre ambos existe un territorio más realista: el aprendizaje.
Este libro recorrerá ese territorio. No para decirte quién eres, diagnosticarte desde una página o convertir cada comportamiento cotidiano en una adicción. Lo hará para examinar una pregunta que estará presente a lo largo de todo el recorrido:
¿Qué sucede entre el momento en que aparece un impulso y el momento en que actuamos?
Entender ese intervalo no concede un control absoluto sobre nosotros mismos.
Puede ofrecernos algo más útil.
Un margen.
Y, en algunas situaciones, ese margen permite que una respuesta deje de sentirse inevitable.
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